A pesar de las críticas internacionales que lo acusan de autoritarismo, el presidente salvadoreño Nayib Bukele continúa gozando de un alto nivel de aprobación ciudadana, alcanzando un 85% al iniciar su séptimo año en el poder. Este respaldo se atribuye principalmente a su política de mano dura contra las pandillas, que ha logrado una significativa reducción de los homicidios en el país.
Sin embargo, su estrategia ha sido objeto de controversia debido a la implementación de un régimen de excepción que ha sido renovado en 39 ocasiones, permitiendo detenciones masivas y la concentración del poder en el ejecutivo. Organizaciones de derechos humanos han denunciado la existencia de al menos 28 presos políticos y la persecución de activistas y defensores de derechos humanos.
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Bukele ha respondido a las acusaciones afirmando que “me tiene sin cuidado que me llamen dictador”, argumentando que su prioridad es garantizar la seguridad ciudadana. Durante un discurso en el Teatro Nacional, acusó a las ONG y a la prensa de promover una campaña de desinformación y de proteger a criminales.

El presidente también ha aprobado leyes restrictivas, como la Ley de Agentes Extranjeros, que aumenta el control sobre las organizaciones que operan en el país. A pesar de las críticas, su liderazgo permanece sin contrapeso político visible, y la oposición se encuentra debilitada.
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La comunidad internacional ha expresado su preocupación por la deriva autoritaria del gobierno salvadoreño, pero Bukele continúa defendiendo sus políticas como necesarias para restaurar el orden y la paz en el país.
Mientras que las medidas de seguridad implementadas por Bukele han sido efectivas en la reducción de la violencia, también han generado preocupaciones sobre el respeto a los derechos humanos y la concentración del poder.
El futuro político de El Salvador dependerá de cómo se equilibren las demandas de seguridad con la necesidad de preservar las instituciones democráticas y los derechos fundamentales de sus ciudadanos.

