Buenos Aires 9 Jul (Clarín).-
De su padre, funcionario del gobernador Amadeo Sabattini, heredó la sangre radical. El carácter seco, parco y desconfiado lo moldeó en el Liceo Militar de Córdoba. Esas características fueron la marca en el orillo de la larga trayectoria política de Fernando de la Rúa, el quinto presidente que dio la Unión Cívica Radical.
Tras una breve militancia juvenil en su provincia, aterrizó en Buenos Aires a mediados de la década del 60 para trabajar en el gobierno de Arturo Illia. Desde entonces se aporteñó. Vino el golpe del general Juan Carlos Onganía y se recluyó en su actividad de abogado, hasta que el regreso de la democracia lo encontró enrolado en el unionismo, una de las ramas de la Línea Nacional conducida por el histórico caudillo Ricardo Balbín.
De la Rúa se convertiría en la cara renovadora de un balbinismo que había perdido buena parte de su carga yrigoyenista y combativa, para sostenerse en la tradición partidaria. Por eso no desentonó que a la cara nueva se la asociara con la figura de Marcelo T. de Alvear, símbolo del ala conservadora.
Hábil cazador de oportunidades, el heredero de Balbín supo capitalizar dos errores históricos del peronismo para alimentar una carrera que lo mantuvo por años en los primeros planos. El primero ocurrió en 1973, cuando le pusieron enfrente a un candidato irritante para el electorado de la Capital, Marcelo Sánchez Sorondo, un ultranacionalista, a quien venció en el balotaje por una banca en el Senado.
Tenía apenas 35 años y, en pleno furor peronista, fue el único que le propinó una derrota. Se ganó el apodo de «Chupete» y un operativo clamor de la Convención partidaria para que acompañe a Balbín en el binomio que enfrentaría meses después a la fórmula Perón-Perón. El caudillo quería de vice a otro veterano, Luis León.
El otro episodio que supo aprovechar fue el de las elecciones a senador de 1989. Había quedado primero, pero la banca se la quedó el peronista Eduardo Vaca tras un acuerdo con la Ucedé de María Julia Alsogaray en el Colegio Electoral. Los porteños consideraron a De la Rúa víctima de una maniobra y lo consagraron sucesivamente diputado en 1991, senador en 1992 y jefe de Gobierno en 1996.
La irrupción de Alfonsín le impidió alcanzar el liderazgo partidario más allá de la General Paz. Luego de caer en la interna de 1983 por el Comité Nacional, De la Rúa no volvió a enfrentarlo ni aún en su mejor momento, como tampoco se atrevió a hacerlo Eduardo Angeloz, la otra gran figura radical de las últimas décadas.
El lugar en el mundo de De la Rúa fue, por lejos, el Senado. En tres mandatos (1973,1983 y 1992) se destacó con leyes en beneficio de los jubilados y los indígenas, además de haberle puesto su apellido a las que combaten la discriminación y la violencia en el fútbol. También se sentía a sus anchas en la cátedra: fue profesor titular de Derecho Procesal en la UBA por 20 años y escribió un clásico del tema, «Teoría General de Proceso».
