Santa Fe, 21 Oct (EL PAÍS).- En medio de los números rojos de la economía argentina destaca un oasis verde: el campo. Este sector, el más competitivo del país sudamericano, crece un 20% después de un 2018 ruinoso por la sequía y muestra su gran capacidad de salir a flote cada vez que Argentina se hunde en una nueva crisis. En Gobernador Crespo, un pueblo a 150 kilómetros de Santa Fe, la capital provincial y 620 kilómetros al norte de Buenos Aires, los vecinos no se sienten identificados con las noticias que llegan por televisión de la capital, que hablan de un aumento de la pobreza de hasta el 35,4% y del desempleo de hasta el 10,6%. Les preocupa más la meteorología, de la que dependen los campos colindantes, y el funcionamiento de la fábrica de lácteos Tregar, la principal fuente de trabajo de esta localidad de 7.000 habitantes.
«Este pueblo es una burbuja, crece, crece y crece. Estamos muy ajenos a lo que pasa en Buenos Aires, Rosario y Santa Fe porque aquí comida y algo de trabajo siempre tenés. No hay pobreza extrema ni gente con mucha plata, excepto los de Tregar», dice Saúl Frutos, pintor de 29 años, mientras toma mate con sus padres en la puerta de casa, una costumbre muy extendida en los pueblos argentinos.
Tres sucursales bancarias en el centro dan fe de la prosperidad del lugar, donde casi la mitad de su población no nació allí, sino que vino atraída por las posibilidades de encontrar trabajo. También lo reflejan los resultados electorales de las primarias del 11 de agosto. En el conjunto de Argentina, el peronista Alberto Fernández se impuso al actual presidente, Mauricio Macri, por 15 puntos. En la provincia de Santa Fe, redujo su ventaja a 10 puntos, pero en San Justo, municipio del que depende Gobernador Crespo, Macri derrotó con el 43,27% de los votos a Fernández, quien obtuvo el 39,4%.
«No vemos lo de la crisis más que en la góndola del supermercado y eso es lo que más desespera, porque no notas mucho cambio en el ambiente pero sí en los precios», agrega Frutos. Considera que los microemprendedores se están llevando la peor parte, mientras que los grandes tienen mejores armas para defenderse.
Tregar está en boca de todos en Gobernador Crespo porque su fábrica da empleo a 380 personas y genera decenas de trabajos indirectos. Es la marca insignia de García Hermanos Agroindustrial, una empresa fundada en los años cuarenta por una pareja de inmigrantes españoles y en manos ahora de sus hijos y nietos. A mitad del siglo pasado, esta zona del norte de Santa Fe estaba llena de pequeños tambos como se conocen en Argentina las granjas de vacas lecheras y cremerías en las que se procesaba la producción. Con el auge de la soja transgénica a partir de los años noventa, la ganadería perdió terreno frente a la agricultura: hoy este pueblo está rodeado de campos sembrados con trigo, maíz y soja y apenas se ven vacas.
Menos productores, más grandes
Las granjas que no han cerrado se fusionaron con otras para mantener la competitividad, una realidad generalizada en todo el campo argentino. Según los datos provisionales del Censo agropecuario, entre 2002 y 2018 desaparecieron en Argentina 60.824 explotaciones agropecuarias, un 20% del total. En la provincia de Santa Fe, desaparecieron 8.820 productores, es decir, tres de cada 10.
La gran devaluación del peso el año pasado y la posterior crisis económica frustraron los planes expansionistas de Tregar y la obligaron a cambiar de estrategia para reducir daños. «A principios de 2018 proyectábamos exportar un 7 o un 8% de la producción porque el consumo interno era muy alto, pero se dio vuelta todo y replanificamos para terminar exportando cerca del 30%», explica Pedro García, uno de los dueños. «Un 45% de lo que producimos es queso y un 65% leche. Como son commodities y tenemos una estrategia más bien conservadora, las crisis las superamos con bastante facilidad al cambiar de consumo interno a exportación o a la inversa», señala García.
Los argentinos se enorgullecen de su capacidad de adaptación para mitigar las recesiones que dejan cada vez más abajo a Argentina, un país que hace un siglo era una potencia internacional y hoy está en el puesto 27 según el PIB, de acuerdo al Fondo Monetario Internacional. El competitivo sector agropecuario se beneficia de la devaluación del peso porque puede aumentar sus exportaciones y obtener dólares. Gran parte de la industria argentina, por el contrario, tiembla cuando la economía se enfría porque no encuentra compradores fuera del país ni tampoco dentro. Es el caso de los dos aserraderos de Gobernador Crespo, que hoy funcionan bajo mínimos.
