México, 14 Oct (EL PAÍS).- Hace un año, el viernes 12 de octubre de 2018, unas 200 personas comenzaron a juntarse en la estación de autobuses de San Pedro Sula, la segunda ciudad más importante de Honduras, con un único objetivo: largarse del país. Y lo hicieron. Y atravesaron tres países. Y a esa caravana le siguió otra, y otra más. Y los 200 se convirtieron pronto en miles.De esa primera caravana, se dijo que estaba financiada por Venezuela, George Soros o un lobby anti-Trump. El origen, sin embargo, estaba en el hartazgo y un sencillo post publicado en Facebook días antes: «La gente se sigue yendo de Honduras por la grave situación económica o por la violencia. Se expone a riesgos de todo tipo: accidentes, asaltos, estafas, extorsiones, secuestro y hasta asesinato (…) si tiene planes de irse, no vaya solo o sola. No sienta vergüenza que MIGRAR NO ES DELITO», concluía.
Aquel texto fue el fósforo que puso fuego a un derrame de gasolina llamado Honduras, donde las altas tasas de violencia y pobreza se dan la mano.
Ese viernes los migrantes comenzaron a caminar juntos y ya no pararon hasta Tijuana, a casi 5.000 kilómetros de la estación de bus hondureña. Para recorrer esa distancia se necesitan 43 días caminando durante 24 horas seguidas. Ellos volvieron loco a Google maps y, parando a dormir, tardaron la mitad.
La aparición de la primera caravana fue un grito social y político que cambió el rostro de la migración que conocíamos. Los que salían del país lo hacían gritando que no se van, sino que huyen, y que no lo hacían solos, con la cabeza baja, por la noche o a lomos de un tren. Sino orgullosos, a plena luz del día y, sin pretenderlo, con un poderoso mensaje de protesta en la boca. Se hizo necesario interpretar el momento.
La celeridad de las crónicas periodísticas sobre el terreno ha dado paso, meses después, a dos libros de reciente aparición y de obligada lectura para entender la forma que ha tomado la migración actual y la descomposición que se vive en Centroamérica. El primer libro, publicado en junio, Caravana, o cómo el éxodo centroamericano salió de la clandestinidad, del periodista español Alberto Pradilla, recopila en la editorial Debate sus crónicas publicadas en el periódico digital Plaza Pública de Guatemala. El segundo, aparecido este mes, es Juntos, todos Juntos, una crónica del primer intento colectivo de saltar la frontera estadounidense (Editorial Pepitas de calabaza) está escrito por el periodista salvadoreño Carlos Martínez, redactor de El Faro.net, el diario de referencia en la región, y quien también acompañó la caravana durante tres semanas.
Ambos libros son una vibrante colección de textos llenos de color y contexto que destilan en cada página el sudor y el barro del buen periodismo. Un diario de carretera con testimonios recogidos codo a codo de los hondureños, salvadoreños y guatemaltecos que conformaron lo que Martínez llama «la revolución de los que caminan» y Pradilla la «Normandía tercermundista».
El libro de Pradilla, prologado por Diego Fonseca, comienza por el final; con la repatriación a San Pedro Sula del cuerpo de José Alexander Ruiz uno de los migrantes que formó parte de la caravana y que fue asesinado por delincuentes en Tijuana. A partir de ahí le sigue el post de Facebook escrito por el diputado hondureño Bartolo Fuentes, que terminó exiliado en El Salvador, y concluye con el endurecimiento de la política migratoria de los presidentes Trump y López Obrador anunciada en mayo. El relleno de todo ello es una completa descripción del día a día desde las entrañas de la caravana: la solidaridad de la gente que aparece en el camino, los enfermos, los tuits de Trump, la entrada del grupo en Ciudad de México o la historia de Neptalí, un albañil de Tegucigalpa que hizo el camino con muletas.
Carlos Martínez divide la ruta entre Guatemala y México hasta su llegada a Tijuana. En cada crónica, organizadas como un diario, detalla con gran calidad narrativa, tanta energía humana. «Resulta asombroso ver tanta fuerza junta atravesando ríos, garitas migratorias, caminos candentes y cercos policiales. Pero no es lo único sorprendente: esta caravana está conformada por miles de hombres de algunos de los lugares más violentos del mundo; por miles de mujeres que también vienen de ahí, que duermen a merced de los elementos, junto a centenares de pequeños niños, niñas, de adolescentes haciéndose adultos en el camino», escribe.
Ambas publicaciones son casi libros de aventuras, tan realistas como duros, alimentados de cientos de conversaciones sostenidas durante muchas horas caminando en Oaxaca, sentados Puebla durante un descanso con una tortilla en la mano, al caer la noche sobre la colchoneta de un albergue de Jalisco o bajo un plástico mientras cae la lluvia en el Istmo de Tehuantepec. Historias de vida de quien se marchó con lo puesto y habla con los pies con llagas «como cubos de hielo».
