Anzoátegui, 9 ago (BBC).- Pero El Morro está en Venezuela, más concretamente en Lechería, en el Estado Anzoátegui, entre las ciudades de Barcelona y Puerto La Cruz, en el centro-norte del país.
Las urbanizaciones del Complejo Turístico de El Morro son una colección de enormes y vistosas casas, y lujosas embarcaciones de recreo alineadas a lo largo de una sinuosa red de canales.
«En la Venezuela actual hubiera sido imposible construir un proyecto así, por los costes que tuvo el dragado y la obra de ingeniería», dice Ysbelsy Hernández, presidenta de la Cámara Municipal de Lechería.
Para acceder a ellas hay que pasar controles de seguridad en los que celosos vigilantes comprueban la identidad del visitante e impiden el acceso a quien no acredite la invitación de alguno de los residentes.
Se trata de pequeñas ciudades cerradas al exterior, en las que se hace evidente desde el primer momento la riqueza de sus habitantes.
Poca gente camina por las calles ajardinadas que discurren en paralelo a canales y embarcaderos. Solo pasan potentes camionetas.
Pese a ubicarse en la Venezuela de la crisis, el precio inicial de algunas casas en venta supera el millón de dólares.
En el entorno, la aglomeración urbana formada por Barcelona, Puerto La Cruz y Guanta, la llamada Gran Barcelona, el deterioro de las calles, así como las conversaciones y el aspecto de la gente recuerdan que esto es Venezuela, un país que, según su Banco Central, ha perdido casi la mitad de su riqueza nacional en apenas seis años.
Petróleo y turismo
La costa del estado Anzoátegui fue tradicionalmente uno de los grandes centros de producción petrolera del país y un concurrido destino turístico que se beneficiaba de la llegada del personal de las compañías extranjeras que trabajaban en las refinerías de la zona. Ahora las cosas parecen haber cambiado radicalmente.

«Aquí ya no llega nadie», lamenta un aparcacoches apostado en una de las principales avenidas de Puerto La Cruz.
Y, sin embargo, El Morro se mantiene, en palabras de Hernández, «como una burbuja».
En su casa de 186 metros cuadrados, Luis Azócar confirma las bondades de El Morro: «Aquí se vive bien y hay seguridad. Lechería es una de las pocas ciudades en las que se puede vivir tranquilo y el hampa no ataca tanto».

Azócar, de 72 años, vive entre su casa en El Morro y las que tiene en Caracas y en Miami. Dice que vive de sus ahorros.
Durante años tuvo una rentable empresa dedicada a la producción de asfalto, pero, según cuenta, tuvo que abandonarla a causa de las trabas que empezó a imponerle el gobierno tras el triunfo de la revolución socialista de Hugo Chávez.
Ahora pasa las tardes contemplando sus dos barcos amarrados junto a su vivienda y paseando por un pantalán desde el que divisa las aguas turquesas del mar Caribe y la silueta de las islas que conforman el Parque Nacional Mochima, una de las joyas del litoral venezolano, situado a pocos kilómetros.
«Aquí solo tengo que salir al jardín para estar en la playa», comenta.
Azócar recuerda la idea que inspiró el lugar. «Se quiso que esto fuese la Venecia de Venezuela y que fuera el primer paso para explotar turísticamente la zona».
Fue el arquitecto Daniel Camejo el que en la década de 1970 se lanzó a la urbanización de unos terrenos salinos en los que creía que podría levantar un complejo de viviendas y canales que atrajera a venezolanos y extranjeros.
Eran los años del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1974-1979), cuando la nacionalización de la industria petrolera propició una época de expansión económica en Venezuela y se pusieron en marcha ambiciosos proyectos.
Caraqueños que buscaban una segunda residencia, empleados de las compañías extranjeras que trabajaban en las explotaciones petroleras de la zona, y la gente de la Gran Barcelona que podía permitirse huir de su deterioro y de la inseguridad comenzaron pronto a instalarse en estas nuevas y exclusivas urbanizaciones.
