La urgencia que la pandemia global por el nuevo coronavirus le imprimió a este tiempo socio histórico sacudió especialmente y para siempre a todo el arco científico mundial. Y seguramente el hecho más relevante -y fascinante a la vez- es la aceleración del tiempo: la velocidad de la ciencia por producir hallazgos para resolver los problemas de la humanidad. Sin desatender el rigor que exige la investigación científica. Allí es donde se aloja la idea de la cura de la peste (del COVID-19). Y por consiguiente allí también anida la esperanza de una sociedad que quiere volver a ser plena.
La carrera por la vacuna es un gran ejemplo al respecto: procesos de investigación que demandaban entre 5 a 10 años para el ciclo de producción de una vacuna, se han transformado en procesos de apenas 5 meses, para enfrentar un virus como el SARS-COV-2- sobre el que todavía faltan desentrañar aspectos de su comportamiento inmunológico cuando infecta a las personas. Hoy, existen por los menos 5 vacunas que están en carrera firme para ingresar a la fase III y probarla en voluntarios y determinados grupos etarios, numerosos, donde se evaluará la vacuna versus placebo. Y en esa fase se podrá comprobar la tan ansiada eficacia.
¿Qué es lo que en definitiva persigue una vacuna eficaz y se convierte a la vez en la obsesión que sobrevuela el trabajo de los científicos dentro del laboratorio? proteger a los seres humanos contra una determinada enfermedad, produciendo anticuerpos; pero sin producir la enfermedad. Este delicado equilibrio es lo que se tiene que lograr.
Allí toman especial dimensión los resultados publicados ayer en la revista científica The Lancet que confirmaron que la vacuna experimental del Instituto Jenner de la Universidad de Oxford en asociación con el laboratorio AstraZeneca contra el COVID-19 es segura y genera inmunidad. Se trató de los estudios en fase I y II que evaluaron seguridad, quedando pendiente evaluar la eficacia y basada en un vector de adenovirus recombinante.
Los resultados en The Lancet confirmaron que una dosis única de AZD1222 resultó en un aumento de cuatro veces de los anticuerpos contra la proteína del pico del virus SARS-CoV-2, en el 95% de los participantes un mes después de la inyección. En todos los participantes, se indujo una respuesta de células T, que alcanzó su punto máximo el día 14, y se mantuvo dos meses después de la inyección. Estos estudios iniciales confirmaron que la vacuna fue capaz de generar anticuerpos en los seres humanos y no tiene eventos adversos severos. Según los voceros científicos de AstraZeneca y los científicos de Oxford a Infobae: “Los datos de fase I / II en 1.077 voluntarios adultos sanos entre los 18 y 55 años muestran que la vacuna no condujo a ninguna reacción inesperada y tuvo un perfil de seguridad similar a las vacunas anteriores de este tipo”.
