Maracay, 20 ago (INFOBAE).- Y aquí estoy, al filo de la medianoche, en la sala de espera de un hospital venezolano, acostado sobre unas tablas que intentan pasar como banquetas. Lo intentan, pero no les alcanza. Escucho el murmullo de los vigilantes, la gotera del baño y las historias. No me esfuerzo, los sonidos llegan de todas partes como lamentos sin sentido.
La abuela de mi esposa sufrió un infarto, el corazón se le apagó 87 años después de haber latido por primera vez. Pero volvió a encender como una locomotora, está estable. Son las 11:28 de la noche, es sábado 17 de agosto. La vieja está en mejor estado que este maltrecho edificio. «Aquí lo que hay es algunos médicos y las máquinas de cardiología, todo lo demás hay que traerlo», me dijo el tío cuando llegamos después de viajar dos horas desde Caracas hasta Maracay. La lluvia en el camino y la angustia de la emergencia nos hizo interminable el recorrido. Cada 20 o 30 minutos salgo a vigilar el carro, el parqueadero es la calle, no hay ni un solo farol. La penumbra asusta. «Esta clínica antes era privada y esto era bellísimo», se lamenta un señor con quién me fumé un cigarro en la entrada. «El Centro Médico Docente de Cardiología lo tenía todo hasta que le agregaron el Bolivariano y mira cómo está». Repuso sin reparo, mientras aspiraba el humo con calma. Las grietas en las paredes se asemejan a las venas de la abuela, así me las imagino, pero no por el desgaste de los años, sino por la desidia a la que está sometido este mamotreto de dos pisos.
Ya es domingo, el celular marca las 00:08 y mis vecinas de banqueta escuchan música a todo volumen, miran videos. Supongo que es para aliviar las penas de tener a un familiar conectado a un aparato, nosotros nos reímos, también para drenar, supongo.
Más temprano, cuando trajeron a la abuela infartada, los médicos que la recibieron pidieron agujas, soluciones, un macro gotero, tubos de ensayo para las muestras de sangre e insulina (es diabética), también le mandaron a hacer exámenes para determinar el daño al corazón. Todo se compró en la calle. Aquí no hay nada, de verdad. Afortunadamente, en las clínicas y tiendas privadas había todo lo necesario.
Estar aquí me hace aferrarme a Dios en todas sus expresiones, le pido por la abuela, por los enfermos de las otras camas, por los que no tienen dólares ni euros para comprar remedios. Pido por todos. También me agarro de la divinidad para que no falle la electricidad aunque sea mucho pedir. «En la tarde se fue la luz y todos quedamos inmóviles», me cuenta una prima con cara de pánico todavía. Afortunadamente fueron no más de 15 segundos. «Todo quedó en silencio», el sonido del terror.
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Ya son las 00:43 y el doctor de guardia nos alerta que la abuela tiene tensión 60/40, está al límite, sobrevivió a un paro respiratorio en la tarde, el riesgo de sufrir otro es alto. Se acabaron las risas. El silencio volvió a la sala. Yo escribo. Doy gracias a Papá Dios por su vida y su soberana alegría.
